A mediados de abril, Gustavo Ferrari publicó en Infobae una columna que recomiendo fuertemente que lean: “Facultades de Derecho: enseñar para un mundo que ya no existe”. El título dice casi todo. Adentro, el argumento es directo: la facultad sigue formando abogados como si la información jurídica fuera un bien escaso, y dejó de serlo hace bastante, inclusive cuando yo todavía estaba en la facultad, el modelo era bastante obsoleto.
Ferrari se pregunta si “podemos seguir enseñando derecho como si nada hubiera cambiado“. Su respuesta es “inequívoca: no se puede”. Vale la pena tomarse el rato para pensar por qué.
El modelo que se nos quedó viejo
Durante siglos, la ventaja competitiva de un abogado fue saber dónde estaba el dato, en qué biblioteca buscar ESE libro que tiene ESE fallo que necesitás para ganar tu juicio. Si encima de eso tenías tu propia biblioteca, una gran colección de fallos, conocías al doctrinario que había escrito sobre un punto raro, tenías una ventaja increíble sobre tus colegas. El mejor abogad se medía por la biblioteca más grande. Y las facultades acompañaron ese modelo: memoria, repertorios, manuales y guías de estudio, y poca discusión real sobre cómo se construye un argumento. Hacé memoria: ¿cuánta preparación en oratoria o argumentación tuviste? ¿cuánta práctica del mundo real tuviste en la facultad?
Ese mundo se terminó. Como cita Ferrari recuperando una frase de Yuval Harari, “la inteligencia artificial se apoderará de todo lo que esté hecho de palabras”. Y el derecho no es más que palabras: “las leyes, las resoluciones, los Códigos, los fallos, la jurisprudencia, los contratos, los dictámenes“. Hoy un alumno de derecho promedio, tiene en el bolsillo el acceso a todo eso, y además una herramienta que le redacta un escrito con un nivel intermedio en minutos. La ventaja ya no está en saber dónde está el dato, sino en saber qué hacer con eso cuando lo tiene enfrente. Hoy, la práctica es la que hace la diferencia, no el saber en bruto.
Ferrari propone siete cambios estructurales en las facultades. No los repito todos acá, pero hay tres que vale la pena marcar: la alfabetización crítica en IA jurídica (entrenar al estudiante para detectar errores, sesgos y citas inexistentes), el refuerzo de la ética profesional (la responsabilidad sigue siendo humana) y un punto que me parece especialmente fino, enseñar el arte de abogar, esa dimensión irreemplazable que vive en la defensa oral, la estrategia procesal y la entrevista con el cliente.
Lo que ya pasa en tribunales
Mientras se discute el plan de estudios, en los tribunales pasan cosas. El caso clásico ya es Mata v. Avianca (EE.UU., 2023): un abogado citó fallos inventados por ChatGPT y terminó sancionado. Ferrari lo señala con elegancia: distintas jurisdicciones empezaron a tratar esas citaciones inexistentes “no como mero error material, sino como violación de los deberes de probidad profesional”.
Del otro lado, los clientes también están usando IA. Pegan tu escrito en ChatGPT y preguntan “qué problemas ves”. A veces la herramienta detecta cosas reales que se te pasaron. Ese fenómeno lo desarrollé en Tu cliente ya está usando IA: el problema no es que la IA “reemplace” al abogado, sino que sube la vara del trabajo que se considera aceptable. Y es tu reputación la que está en juego.
La facultad, hoy, no prepara para ninguna de las dos puntas. Ni para usar la IA con criterio, ni para defender el propio trabajo frente a un cliente que ya viene auditado por una máquina.
Un decálogo, no un seminario
Hace unas semanas publiqué en este mismo blog El decálogo del abogado que usa IA, una reescritura del clásico de Couture pensada para esta realidad: guardar el secreto, verificar las citas, firmar uno mismo, pensar primero, ser honesto sobre la herramienta, proteger las cuentas, vigilar los términos de uso, no encadenarse a un proveedor, custodiar lo que no puede salir y, sobre todo, seguir siendo el profesional. No son reglas técnicas; son hábitos de oficio.
Ese decálogo lo escribí pensando en colegas en ejercicio, pero podría servir tranquilamente como punto de partida para una clase en cualquier facultad de derecho del país. No hace falta esperar una reforma curricular completa para introducirlo. Alcanza con que un titular de cátedra (laboral, civil, procesal, penal, lo que sea) le dedique dos clases a explicarle al alumnado cómo se usa la IA sin meter al cliente en problemas y sin meterse a uno mismo en una sanción. Es, en resumen, lo que Ferrari pide que se aplique a todos los ámbitos.
Detectores de IA: el debate mal planteado
Hay un punto de Ferrari que tiene que rebotar fuerte en las facultades locales. Dice, sobre las universidades que promueven detectores de IA en los exámenes, que “confunden el problema: el desafío no es la herramienta, sino la ausencia de pautas claras para usarla de manera responsable“.
Es exactamente así. Prohibir IA en un examen final hoy es equivalente a prohibir el Código en la mesa: testea memoria, no habilidades como abogado. El alumno que sale de esa facultad va a ejercer en un mundo donde la IA es parte del flujo de trabajo desde el primer día. Si nunca aprendió a usarla con criterio bajo la mirada de un docente, va a aprender por las malas: con su primer cliente, su primer juez o su primer apercibimiento en su matrícula.
Qué le pediría a cualquier facultad de derecho
- Una materia obligatoria sobre uso responsable de la IA, transversal a todos los programas de estudio.
- Alfabetización en privacidad de datos: qué pasa cuando pegás información sensible en una herramienta web, qué garantiza un plan pago, riesgos de filtración de datos.
- Práctica supervisada de verificación: que el alumno aprenda a chequear una cita generada por IA contra la fuente original, sistemáticamente, hasta que sea reflejo.
- Evaluaciones con IA a la vista: rendir con todas las herramientas disponibles, igual que como se ejerce hoy en día. El examen mide tu criterio, no tu memoria.
- Discusión ética en serio: dónde empieza la asistencia y dónde termina la delegación indebida de criterio profesional.
Nada de esto requiere comprar tecnología nueva ni firmar convenios con empresas. Requiere voluntad de actualizar bibliografía y reconocer que el ejercicio profesional cambió, aunque el código procesal siga igual.
Conclusiones
El derecho cambia siempre, le decía Couture a sus estudiantes hace ochenta años. La diferencia ahora es la velocidad. Ferrari cierra su nota con una frase que conviene anotar: “cuanto más inteligentes sean las máquinas, más decisivo será el pensamiento humano”. Si la facultad no asume el cambio, dice, “otros lo harán por ella”. Y el alumno que sale al ejercicio queda con una formación que sirve para un mundo que ya no existe.
Mientras tanto, los que ya estamos en la calle tenemos la obligación de no quedarnos esperando la reforma. El decálogo está; el oficio también. Lo que falta es practicarlos juntos.
¿Das clases en la facultad, sos alumno o estás cerca de una cátedra y querés comentar cómo se está tratando el tema? Escribime a nododelta@gmail.com y lo cruzamos en un próximo post.





