La semana pasada nos preguntamos si las facultades de derecho siguen enseñando para un mundo que ya no existe. La respuesta era bastante clara: siguen operando en un mundo que ya no existe. Pero esa era la discusión de la institución. Hoy la pregunta es la del profesional que ya está en ejercicio: ¿qué cambia para todos nosotros?
Spoiler: no es si la IA te va a reemplazar. Esa pregunta ya está vieja. La pregunta que importa es otra.
De la biblioteca a la pantalla
Gustavo Ferrari publicó en marzo en Infobae una columna que arranca de un diagnóstico simple pero que cuesta asumir: la ventaja competitiva del abogado durante siglos fue saber dónde estaba el dato. El que tenía la biblioteca más grande, el que conocía ese fallo de veinte años atrás que nadie había citado, el que sabía exactamente en qué tomo de qué colección estaba lo que necesitaba, ese tenía ventaja sobre el resto. Las facultades formaron abogados enciclopédicos porque en ese modelo, la biblioteca era la herramienta.
Ese modelo se terminó. Como señala Ferrari, “lo que antes requería horas de biblioteca puede obtenerse ahora en instantes desde un teléfono celular”. Y no solo recuperarlo: procesarlo, cruzarlo con otros datos, redactar borradores. La IA hace eso con una velocidad que ningún operador humano puede igualar.
Entonces, si la ventaja ya no está en acumular información, ¿dónde está?
El diferencial que no se puede igualar con un plan de suscripción
Ferrari tiene una respuesta clara: cuando la técnica se iguala porque todos tienen acceso a las mismas herramientas, el diferencial se traslada al criterio estratégico. La IA te da diez respuestas posibles; el abogado define cuál es la relevante para ese cliente, ese juez, ese momento procesal. Eso no lo resuelve ningún modelo de lenguaje.
Acá está la ilusión que conviene desterrar: no es cierto que tener acceso a las mismas herramientas iguala a todos los profesionales. Simplemente no es así. La herramienta amplifica lo que ya tenés, el abogado que ya sos. Si tenés criterio, experiencia y capacidad de leer el caso, la IA te hace más rápido y más preciso. Multiplica tu trabajo y te hace más fuerte.
Si no tenés esas habilidades, la IA te puede ayudar a producir respuestas de aspecto profesional, que en la mayoría de los casos no aguantan un contrapunto serio. La IA no va hacer que un abogado chanta deje de serlo, solo porque tiene acceso a una herramienta que escupe miles de palabras por minuto.
Las habilidades que van a valer más son exactamente las que NO se pueden automatizar: pensamiento estratégico, interpretación contextual, negociación, argumentación oral. Las que se aprenden con años de audiencias, no con prompts. Esos deben ser tus fuertes ahora, el objeto de tu formación profesional.
El riesgo de usar la herramienta al revés
Acá viene el contrapunto que no suele aparecer en los análisis optimistas. El portal Platzi publicó hace unos meses un video que vale la pena ver con un argumento incómodo: el uso irreflexivo de IA puede atrofiar capacidades propias. Cuando delegás sistemáticamente a la herramienta las tareas de razonamiento, síntesis y redacción, esas capacidades se debilitan por falta de uso. No de golpe. Pero de forma tal que gradualmente igul las terminas perdiendo y no te das cuenta.
Para un abogado esto tiene una consecuencia concreta: el que usa IA para no pensar no se convierte en un profesional amplificado, sino en un firmante de documentos que no termina de entender. Y tarde o temprano eso aparece: en una audiencia, frente a una contraparte que te pregunta por qué usaste esa estrategia, o en un cliente que pega tu escrito en ChatGPT y detecta que algo no le cierra (como vimos en este artículo)
El equilibrio no es fácil de describir en abstracto, pero en la práctica se parece a esto: a) usar IA para el trabajo mecánico (primera investigación, estructura de escrito, revisión de redacción); y b) reservar el criterio propio para lo que importa (qué estrategia, qué argumento, qué le decís al cliente).
La pregunta no es si la IA reemplaza abogados. La pregunta es qué tipo de abogado se diferencia en un mercado donde todos tienen acceso a las mismas herramientas. Y la respuesta de Ferrari, que comparto, es que el diferencial siempre estuvo y siempre va a estar en el criterio. La IA no lo reemplaza: lo expone.
Preguntas que te dejo para que pienses:
- ¿Qué cambió concreto en tu práctica desde que usás IA regularmente? ¿Qué tareas ya no hacés a mano?
- ¿Hay algo que deliberadamente seguís haciendo sin IA, y por qué?
- ¿En qué momento sentiste que la herramienta te amplificaba, y en qué momento sentiste que te estaba sustituyendo?
- ¿Por qué empezaste a interesarte en todo esto en la faz profesional?
¿Usás IA en tu práctica y querés contarlo? Escribime a nododelta@gmail.com.





